Durante toda la época de la antigua Polonia, Stary Sącz fue una villa privada, y además eclesiástica. Su señora era la abadesa de las clarisas, y el título de ese poder seguía siendo el acta de Kinga del año 1280. Biegonice perteneció al convento sin interrupción hasta el siglo XVIII, y la alcaldía hereditaria, vendida en otro tiempo, volvió a manos de las monjas. Cuán vasto era aquel señorío no se vio hasta el decreto imperial de 1781: en él se enumeraban la villa y cincuenta y cuatro aldeas.
La villa en manos de la abadesa
El rey, aunque no era aquí el señor, gustaba de presentarse como benefactor. En 1505 una comisión real deliberó en Stary Sącz con la abadesa Anna Rokitnicka. En 1508 Segismundo el Viejo puso fin por fin al largo pleito sobre el portazgo de Grybów, y en 1528 concedió a las clarisas dos ferias al año. Esteban Báthory las confirmó en 1582, pero con una salvedad: los ingresos debían destinarse a las fortificaciones. El derecho de Magdeburgo lo confirmaron los sucesivos monarcas, entre ellos Enrique de Valois y Esteban Báthory.
También en 1582 se menciona por primera vez el ayuntamiento. El último de ellos, de piedra y de dos plantas, con torre, soportales y tenderetes, se levantó en 1750. No duró mucho en pie, pero esa es ya historia del capítulo siguiente.
La artesanía vivía bajo la mirada de la abadesa, y era ella quien aprobaba los estatutos de los gremios: el de los tejedores en 1558, el de los zapateros en 1590 (siendo abadesa Zofia Różanówna), el de los carniceros en 1630 y el de los sastres en 1631. El estatuto del gremio conjunto lo aprobó el 16 de diciembre de 1638 la abadesa Anna Lipska. Los registros de 1581, 1629 y 1655 citan zapateros, tejedores, panaderos, pescadores, carniceros, herreros, sastres, peleteros y alfareros: toda la villa en sus talleres. El inventario de 1698 cuenta sesenta y cuatro talleres. Catorce años más tarde, en el registro de 1712, solo quedaban dos zapateros. De aquella villa tan rica en oficios poco quedaba ya entonces.
Se cuidaba también de los pobres y de la enseñanza. En 1551 Mikołaj Hipolit fundó la prepositura hospitalaria de la Santa Cruz, y en 1608 el concejo, como patrono, sostenía la escuela parroquial, a la que acudían unos cuarenta alumnos. A finales de siglo, en el inventario de 1696, se contaron 271 inmuebles, más de mil quinientos vecinos con derecho de ciudadanía y unos dos mil habitantes. El padrón más antiguo de las casas de la plaza, de 1699, abarca veintiséis solares.
De la madera a la piedra: la transformación del convento
El convento de las clarisas entró en los nuevos siglos como un edificio en buena parte de madera. El cambio llegó poco a poco. La bula del papa Pío V de 1566 liberó a las hermanas de la dependencia de los provinciales franciscanos. En 1598 el cardenal Jerzy Radziwiłł ordenó elevar los muros y abrir en ellos troneras. Las obras concluyeron antes de 1632, pues esa fecha lleva el esgrafiado del muro.
En 1601 el obispo Bernard Maciejowski mandó levantar un convento de obra. El maestro Jan di Simoni reconstruyó las cuatro alas entre 1601 y 1604, y en 1605 la casa de los capellanes. Las cuentas conservan el coste de 1603, 2127 florines y 26 groszy, así como el contrato del ala oriental del 14 de marzo de 1604. Sobre los bienes conventuales se firmaban también contratos de arriendo, entre otros el del 25 de junio de 1606 con Sebastian Lubomirski.
Los interiores se iban llenando década tras década. Wawrzyniec Cieszyński pintó la policromía (1617), Andrzej de Leópolis construyó el órgano (1618) y Baltazar Kurcz el retablo (1619). Las bóvedas de 1647–1649 las costeó Anna Lipska. El altar de obra de Kinga se levantó en 1661 y la capilla de Loreto hacia 1664. En 1671 se erigió el púlpito «Árbol de Jesé», y a finales de siglo, entre 1696 y 1699, el taller de Baltazar Fontana labró tres altares de mármol.
Aquí resonaba también la música. En marzo de 1691 la abadesa Konstancja Jordanówna fundó la capilla musical del convento, que tocó en público por primera vez en 1697.
Fuego, soldados y Diluvio
Stary Sącz nunca tuvo murallas. Lo defendían el terreno, las empalizadas y el convento fortificado, y contra el fuego no lo defendía nada. El incendio de 1644 consumió la iglesia parroquial, la iglesia de San Roque y el convento de madera de los franciscanos. La parroquia se reconstruyó durante unos cinco años, y su torre la levantó en 1686 Paweł Beber.
El Diluvio sueco de 1655–1657 asoló los bienes del convento. Los suecos entraron en Nowy Sącz en octubre de 1655, y el 13 de diciembre fueron expulsados de allí. Pero más gravoso que el invasor extranjero fue el paso de las tropas propias, que se acuartelaban, requisaban y se marchaban. Las pérdidas se calcularon: 29 822 florines polacos en 1649–1650, 76 155 florines en 1693–1702 y unos 700 000 florines durante la Confederación de Bar.
El fuego volvía. El incendio de 1746 tuvo «consecuencias catastróficas», y el 7 de octubre de 1764 las llamas alcanzaron el tejado de la iglesia de las clarisas, la capilla de Kinga, el Loreto y el campanario. Hacia 1766 la iglesia tenía ya un nuevo tejado de cobre y una corona, obra de Placidi.
El camino de Kinga a los altares
Por la elevación de Kinga a los altares trabajaron generaciones enteras. Urbano VIII dictó decretos al respecto el 13 de marzo de 1625 y el 5 de julio de 1634. La comisión del obispo Szyszkowski, en funciones desde el 27 de mayo de 1628, tomó declaración a ochenta y dos testigos, y el nuevo proceso, abierto el 8 de junio de 1629, a ochenta y cuatro. Pero no hubo resolución.
Al fin fue el rey quien ayudó. A petición de Juan III Sobieski, la comisión del obispo Mikołaj Oborski inició el 1 de marzo de 1684 el proceso sobre el culto inmemorial. El 23 de marzo de 1685 se hizo público el dictamen, y el 13 de enero de 1687 se terminaron de copiar las actas.
El papa Alejandro VIII proclamó beata a Kinga el 11 de junio de 1690. Las fiestas, de una semana, en Stary Sącz y en Cracovia comenzaron el 24 de julio de 1691, aniversario de su muerte. En 1715 un decreto la reconoció como patrona de Polonia y Lituania. El proceso de canonización se abrió el 13 de julio de 1741, y en 1749 las actas se llevaron a Roma. Allí la causa quedó detenida durante más de dos siglos.
El ocaso de la República
Los últimos años de la antigua Polonia llegaron con las armas en la mano. La Confederación de Bar se constituyó en las cercanías, en Piwniczna, y el 30 de junio de 1768 Marcin Leszczyński fue nombrado capitán de caballería de los distritos de Sącz y de Czchów. Los confederados no perdonaron al convento: en 1769 la división de Bierzyński se llevó ocho caballos de las cuadras conventuales.
El verdadero final llegó, sin embargo, del sur. En el verano de 1770 Austria, con el pretexto de un cordón sanitario, es decir, de protección contra la peste, ocupó la Pequeña Polonia meridional junto con Stary Sącz. El 2 de agosto de 1770 los mojones fronterizos se desplazaron hasta Mogilna. En septiembre de 1772, tras la primera partición, Sącz pasó a formar parte de la Galitzia austriaca. Terminaba la época de las abadesas y de la República, y comenzaba la de los funcionarios imperiales.